Alejandro Valverde gana el Mundial de ciclismo.

post

El ciclista murciano se proclama campeón del mundo a los 38 años al batir al sprint a Bardet, Woods y Dumoulin, los últimos supervivientes del infierno de Innsbruck.

“¡Por fin!”, grita Alejandro Valverde, que, campeón del mundo, no ha levantado los brazos hasta que no ha estado seguro de cruzar el primero la última línea. Aún controlado y sereno, lo hace cuidadosamente: primero el brazo izquierdo, casi lentamente, mientras con la mano derecha frena un poco y controla la bici disparada; solo entonces alza el derecho. Y ahí se acaba la calma. La clase y la tranquilidad se rinden a la emoción que el ciclista murciano llevaba minutos controlando. Y empieza a llorar, una magdalena sin freno, tiernísimo, antes incluso de bajarse de la bici y abrazarse a su masajista, Escámez, y llorar más aún, incontenible.

Tiene 38 años. El de Innsbruck es el 12º Mundial que disputa, el más duro que ha conocido. Ha subido seis veces el podio en su larga carrera; lleva haciéndolo desde 2003, un niño de 23, y nunca ganando. Tantas veces se ha quedado cerca que piensa que nunca se llevará el arcoíris, el máximo símbolo de la gloria en el ciclismo junto al maillot amarillo del Tour. Ya escamado piensa que este año, tampoco. Lo piensa cuando atraviesa el infierno sobre un Innsbruck soleado penando sobre los pedales en los 300 metros del 28% que todos, salvo él, temen tanto. Se ve tan fuerte con su piñón de 29 que empieza a ilusionarse, aunque no quiere creérselo. “No me lo creía, no me lo creía”, repite después, las lágrimas ya secas, los ojos siempre brillantes. “Me encontraba bien en el momento clave, y solo habíamos quedado tres delante. Y pensaba, ‘este puede ser mío’, y al mismo tiempo quería olvidar que lo pensaba”.

Es el día perfecto de la selección española, su Mundial impecable. Solo han llegado vivos tres al infierno, Valverde entre ellos, pero los otros dos son más lentos que el murciano, la Bala Verde, El Imbatido desde sus tiempos de sprinter juvenil: son dos ciclistas duros, de fondo, el escalador francés Romain Bardet y el animoso canadiense Michael Woods. Nibali, Alaphilippe, los gemelos Yates, Moscon, Kwiatkowski, Roglic… La lista interminable de favoritos, de grandes rivales, de peligros insuperables, se ha quedado en nada. Solo, unos metros detrás, resiste Dumoulin, el gigante holandés que serpentea por el infierno, de lado a lado de la carretera estrecha, sin venirse abajo, sin despendolarse. Ha sido una carrera durísima, de eliminación pura y dura. De muchos ataques y acelerones de los italianos, los franceses, los holandeses, los belgas, los daneses, y una defensa increíble de los españoles, a los que les llegaba de vez en cuando un único mensaje desde el coche de su director, Javier Mínguez, quien, cuando le preguntaban “¿qué hacemos?”, respondía: “Nada. Tranquilos siempre, nunca perdáis la calma. Y controlad”.

Con un entusiasmo desbordado, los siete compañeros de Valverde han logrado controlar lo incontrolable, siete secantes que empiezan a llevar la carrera por donde quieren a falta de 80 kilómetros. Allí entra en acción Castroviejo, que tira del carro; luego salen Herrada y Omar Fraile a frenar ataques, y también De la Cruz. Mas, Izagirre y Nieve, los más escaladores, se guardan para el final. Y todos intervienen. Solidarios. Felices de contribuir a la coronación del ciclista que empezó a ser una referencia para todos a comienzos de siglo, cuando la mayoría no eran ni juveniles, solo niños que soñaban con ser él.

Valverde es el ciclista español con más victorias, 122 según los que llevan las cuentas, y ha ganado una Vuelta, cuatro Liejas y cinco Flechas y etapas en todas las pruebas que puedan pensarse. También ha subido al podio del Giro y del Tour. En todas, tantas, victorias, supo en todo momento qué había que hacer. En el Mundial, y no sabe por qué, quizás porque era el sueño que siempre se le escapaba, no lograba enfriarse en el momento decisivo. “Corre cuando tengas que correr, no corras antes”, es el último consejo que le da Mínguez. El consejo que le convence y pone en práctica cuando bajan los tres del infierno hacia Innsbruck y Dumoulin los persigue de cerca. Valverde sabe lo que tiene que hacer, lo que debe hacer, y lo hace. Corre cuando tiene que correr. Aunque el Mundial se corre sin pinganillo y no recibe información de lo que pasa detrás de su grupo, su instinto le hace volverse a mirar de vez en cuando, con su estilo de pistard, la mirada de reojo que se mama en los velódromos, y siente la llegada de una mancha naranja grande, Dumoulin, la huele. “Uno se va a quedar sin medalla”, dice que pensó entonces. Pero sabía que no sería él quien lloraría de rabia en la meta. Esta vez sería otro. Cuando llegó el holandés, y faltaban menos de dos kilómetros para la meta, Valverde se pone delante de todos para que el grupo no se pare y para controlar a todos, y así pasan por debajo del triángulo rojo del último kilómetro, y todos esperan a ver qué hace el favorito para saltar a la contra. Y ninguno se mueve. Cuando se mueven, después de que Valverde acelerara a falta de 300m, siempre en cabeza, fue para disputarse entre los tres la segunda plaza. Bardet, más fuerte, derrota a Woods y a Dumoulin. Todos, detrás del murciano que se corona campeón del mundo a los 38 años y cinco meses.

Solo el holandés Joop Zoetemelk, que alcanzó el arcoíris a los 38 años y 10 meses, lo ha logrado más viejo que él, el ciclista que aún corre con la emoción de un juvenil y la clase de un campeón único.

El cometa Dennis logra su primer arcoíris.

post

El australiano sucede a Tom Dumoulin.

El australiano Rohan Dennis ha conquistado su primer Campeonato del Mundo Contrarreloj gracias a una exhibición de otra galaxia sobre el complicado trazado de 52,5 kilómetros con final en Innsbruck. El aussie se ha mostrado intratable desde el primer punto intermedio y ha ido pulverizando las marcas y esperanzas de sus rivales.

La diferencia de 1:21 sobre el holandés Tom Dumoulin, que pasó de la ilusión por defender su título a salvar por centésimas una sufrida plata frente al belga Victor Campenaerts (bronce), no ofrece duda sobre su divino estado de forma.

Incluso el español Jonathan Castroviejosexto clasificado, sufrió el ciclón australiano al verse doblado en el ecuador de la prueba. Michal Kwiatkowski y Nelson Oliveira cerraron el top-5.

Simon Yates se consagra en Madrid.

post

Enric Mas y Miguel Ángel López le acompañan en el podio.

Simon Yates se llevó el domingo su primera grande. El líder del Mitchelton se subió a lo más alto del podio de La Castellana tras completar una carrera casi perfecta. El líder no flaqueó ningún día. Estuvo impoluto desde el inicio.

El británico había preparado a conciencia la Vuelta; era su oportunidad de resarcirse después de un Giro que perdió en el último suspiro después de una genialidad de Chris Froome en Bardonecchia.

Quería demostrar su calidad y su fortaleza en España. Con su ya clásica filosofía por bandera, “la mejor defensa es un buen ataque”, el de Mitchelton-Scott ha mostrado, a sus todavía 26 años, sus grandes credenciales. Además, lo ha hecho en un año inmejorable para el ciclismo británico, que ha firmado la triple corona: Chris Froome se hizo con el Giro, Geraint Thomas con el Tour y ahora Yates con la Vuelta. Un hito que puede resultar un espaldarazo importante para su país.

No fue la Vuelta del Movistar Team, que llegó a la carrera con el máximo favorito entre sus aspirantes y el mejor gregario posible: Alejandro Valverde. Nairo, ganador en 2016, se postulaba como el principal candidato por palmarés, aunque venía con dudas después de un gris Tour de Francia. Es cierto que había conseguido un triunfo de etapa importante, pero no logró el objetivo de entrar en el podio.

Comenzaron muy fuertes, dominando la carrera. Valverde se mostró como el rey de las bonificaciones. Por eso llegó con opciones de podio hasta el final. Respondió en montaña. En La Covatilla, La Camperona (donde consiguió un triunfo excelso Óscar Rodríguez que encumbraba a un Murias que, al igual que el Burgos, se mostró muy competitivo en su debut), en los Lagos de Covadonga…

Tan sólo falló en Andorra, cuando se repartían los puestos del cajón. Nairo se desconectó mucho antes. Su crisis comenzó en el Monte Oiz. A partir de ahí, sabiendo que no tendría opciones en la general, se puso a las órdenes del ‘Bala’. El ‘Imbatible’ ganó dos etapas a Kiatkowski (Caminito del Rey) y Sagan (Almadén).

Fue la Vuelta de la igualdad, del calor y las pequeñas diferencias. No rindieron a su mejor nivel hombres como Ion Izagirre o David de la Cuz, que tenían esperanzas de pisar el podio. Tampoco Fabio Aru, ganador de esta carrera, al que le persiguieron todos los fantasmas.

Los españoles que sí triunfaron fueron Jesús Herrada, que vistió durante dos días el maillot de líder gracias a una inteligente escapada en Estaca de Bares, y Enric Mas. El balear, el ‘heredero de Contador’, fue de menos a más. Siempre respondió con los mejores pero se vino arriba tras su gran actuación en la crono de Torrelavega.

Aquella tarde se acercó a un podio que cazó tras su histórico triunfo del sábado en La Gallina. Allí superó a Supermán López, quien se coló en el tercer puesto gracias a su actitud ofensiva en el último tramo.

Se disputó en La Castellana la última etapa de Madrid. Viviani, que hacía ‘triplete’, se llevó un ajustado triunfo al imponerse al esprínt a Sagan y Nizzolo. Era la última victoria del italiano en una Vuelta que fue dominada por el capitán Simon Yates.

Geraint toma Paris.

post

El del Sky se convierte en el primer galés en ganar la ‘Grande Boucle’.

Geraint Thomas conquistó el Tour de Francia 2018, contra todo pronóstico y siendo la gran sorpresa en el podio de París en los últimos años. La segunda baza del Sky se convirtió, sin esperarlo, en el flamante nuevo jefe de filas para terminar firmando la primera gran vuelta de su carrera. Un nuevo éxito de la formación británica, que ha ganado seis de las últimas siete ediciones de la ‘Grande Boucle’. Kristoff se hizo con el triunfo en la jornada de clausura de los Campos Elíseos.

Todo estaba preparado para que Froome, que llegó ‘in extremis’ a este Tour después de que la UCI le exculpara de su positivo en las pasada Vuelta a España, lograra lo que nadie más ha logrado en la historia de este deporte: ganar, de forma consecutiva, un Tour (2017), una Vuelta (2017), un Giro (2018) y nuevamente el Tour de Francia. Venía de ganar en Italia de forma aplastante y su condición era perfecta para intentar lograr la ‘manita’ en París entrando en el club de AnquetilMerckxHinault Indurain. Sin embargo, todo empezó del revés.

Una caída en la primera jornada le hizo empezar con mal pie y peor tiempo. Aguantó bien la primera semana y, en la segunda, con la llegada de la montaña alpina, se encontró con que el ‘enemigo’ estaba en casa. Jamás habría imaginado que su ‘rival’ sería su compañero y amigo Geraint Thomas. El galés, después de una vida dedicada a trabajar para los demás, se encontró con las mejores piernas de su vida, las mismas que le hicieron brillar en La Rosiere, cuando ganó la 11ª etapa y se vistió de líder, y también al día siguiente, sellando su nombre en la legendaria subida al Alpe d’Huez. Liderato afianzado y aviso para navegantes: iba a por el Tour.

Nunca abandonó el amarillo. La afición se preguntaba entonces si un hombre acostumbrado a ganar carreras de una semana podía rendir en la tercera de toda una gran vuelta. La lógica invitaba a pensar que sería el momento de que Froome tomara el mando del Sky, pero Thomas desafió la lógica y las apuestas y en los Pirineos también se mostró como el más fuerte. Una vez más, el maillot amarillo supuso una enorme inyección de fuerza, confianza y ambición. Sólo así se explica cómo en los Pirineos aguantó a la perfección en lo más alto de la clasificación.

‘Ayudado’ por los importantes de abandonos de pesos pesados como Richie PorteVincenzo Nibali o Rigoberto Urán, Thomas se encontró con un Tour donde apenas hubo oposición. Con Nairo Landa muy distanciados en la general, su mirada estaba puesta en Dumoulin y un sorprendente Roglic, una de las sensaciones de esta edición. En la etapa ‘made in Formula 1’ con final en el Col du Portet ganó Quintana y el británico amplió su ventaja ligeramente. Todo se decidiría en la etapa con final en Laruns, después de ascensos a míticos puertos como el Col d’Aspin, el Tourmalet o el Aubisque. Todavía entonces alguno pensaba que llegaría la visita del señor del mazo, pero nuevamente se equivocaron.

Escoltado por un gran debutante como Bernal, además del gran trabajo de hombres como Castroviejo Kwiatkowski, y la sombra de FroomeGeraint nunca perdió los nervios pese a los continuos ataques de Roglic, en primer lugar, y de Dumoulin, en menor medida. El primero, el esloveno, se llevó la merecida victoria y todo quedaba visto para sentencia en la contrarreloj de Espelette, donde Thomas debía demostrar sus orígenes en la pista para sentenciar un Tour que estaba ganado. Pudo incluso ganar la crono, marcando el mejor tiempo en los dos primeros intermedios, pero el equipo le ordenó levantar el pie para asegurar la victoria en París y, de paso, la etapa para Froome. Al final, ganó Dumoulin, que termina segundo en su mejor Tour hasta la fecha, seguido de Froome, que sube al tercer cajón de París.

Así terminaba una edición donde hubo más nombres propios, como los de Alaphilippe, flamante campeón de la montaña, Peter Sagan, sexto ganador del maillot verde de la regularidad igualando el récord de Erik Zabel, Latour como mejor joven y Movistar Team como mejor equipo.

Froome se corona en Roma como el primer británico que gana el Giro de Italia.

post

El líder del Sky se une a Anquetil, Merckx, Gimondi, Hinault, Contador y Nibali en el club de ganadores de las tres grandes, Giro, Tour y Vuelta.

Anquetil, Gimondi, Merckx, Hinault, Contador, Nibali. Si hace unos años alguno afirma públicamente que el siguiente en entrar en esa lista sería Chris Froome, todo el mundo le miraría raro, como se mira con temor a alguien que se cree que no está en sus cabales. O pensarían que la degeneración del ciclismo no tenía límites. Y nadie puede ahora decir lo contrario.

Nadie vio venir a Froome. Hace siete años, en 2011, ya había cumplido los 26 y solo era un exótico rubito, un chaval delgadito con mofletillos, que había nacido en Kenia y quedaba bien para escribir perfiles de bichos raros en el pelotón. No había corrido aún la Vuelta en la que se reveló, y que se analizó como una de las sorpresas habituales de la ronda española, especialista en dar gloria efímera a desconocidos.

Por eso, quizás, a muchos les da aún sarpullido leer que junto a los monstruos sagrados de la historia del ciclismo, los únicos que han ganado en su carrera las tres grandes pruebas por etapas, el Tour, el Giro y la Vuelta, el nombre de Froome. Pese a que desde entonces ha ganado cuatro Tours (y ha terminado segundo en otro), una Vuelta y, desde el domingo, en que se convirtió en el primer británico que lo lograba, un Giro, Froome sigue siendo, en cierta manera, un intruso. Y ni siquiera la forma heroica en que ha ganado un Giro que parecía imposible para él a tres días de su final, le absuelve a ojos de gran parte de la afición.

Froome es un intruso que desafía la mirada tradicional sobre el ciclismo porque sus raíces, su cultura, su forma de ejercer su patronazgo sobre las pruebas por etapas, no tienen nada que ver con lo que se llevaba antes de la acelerada globalización del relato ciclista. Es un intruso porque es el producto de un equipo, el Sky, que se vanagloria de controlar, analizar y modificar todos los mínimos detalles que influyen en el rendimiento, incluida la personalidad de sus ciclistas.

El británico nacido en Nairobi en 1985 ganó el Giro con un ataque de otros tiempos en la etapa más dura. Estaba en la general a más de tres minutos del líder, un mundo en el ciclismo de control que tanto se practica, y faltaban 80 kilómetros, y dos puertos hors catégorie, para llegar a la meta. Por delante, la carretera desierta; ni un solo ciclista en fuga, ni un solo punto de apoyo. Bajo sus ruedas hinchadas con la presión justa para esa superficie, el asfalto se había convertido en tierra apelmazada y fina gravilla. Froome se fue. Dejó el peso de los cálculos y las conjeturas a los que le seguían. Dejó con la boca abierta a todos los que veían la tele y querían recordar que ese mismo Froome se había caído antes de empezar el Giro en Jerusalén y también en la primera subida en los Apeninos; que había pedaleado como un cojo desequilibrado y que había cedido tiempo en todos los finales en alto y en la gran contrarreloj, y al que habían perdonado la vida en el Gran Sasso. Y que al día siguiente de su victoria de orgullo en el Zoncolan había vuelto en Sappada a dar muestras de flaqueza.

Ese hecho tan puro, tan simple, un ciclista y la montaña, la soledad, la llamada del destino, el riesgo, semilla de leyenda, los sabios de su equipo lo adulteraron informando inmediatamente de que la acción había sido cuidadosamente planificada, de que le dijeron a Froome cuándo tenía que atacar y cuántos vatios podía alcanzar en ese momento, y de que habían distribuido estratégicamente a decenas de colaboradores con botellitas de líquidos cuidadosamente medidos por los dietistas del equipo para rellenar los depósitos de nutrientes que el corredor agotaba con su pedaleo incansable y acelerado, sin respiro.

A Luis Ocaña, cuando derrotó a todo el Tour en Orciéres Merlette, el director del equipo intentó frenarlo preguntándole que qué locura se le había metido en la cabeza para escaparse solo tan lejos de la meta. La publicidad del Sky desprecia el instinto, el golpe de genio, la voluntad loca, las características que hacen campeones a los campeones, los rasgos únicos que adoran los aficionados.

Froome es un intruso pese a que comparte con todos los ciclistas que han sido grandes (Anquetil, Merckx, Gimondi, Hinault, Contador y Nibali) entrar en la historia y en este selecto club de ganadores.

Sagan entra en la historia con su tercer Mundial consecutivo.

post

El eslovaco hace historia al imponerse al sprint en Bergen. El local Kristoff ha sido plata y bronce el australiano Matthews.

El eslovaco Peter Sagan se ha proclamado campeón del mundo por tercera ocasión consecutiva, algo inédito en la historia del ciclismo en ruta, y de nuevo buscándose la vida en Bergen (Noruega) al imponerse al sprint al local Kristoff y el australiano Matthews.

La prueba, de forma inusual, llegó con un grandísimo pelotón en cabeza a los últimos 12 km y se decidió en una llegada de un grupo de 26 corredores.

La jornada, con una meteorología ideal, comenzó con la habitual fuga de ciclistas secundarios, que llegó a tener diez minutos de ventaja. República Checa llevó el peso de la persecución y luego fue Bélgica la que se esforzó para neutralizar.

Quedaban aún cuatro vueltas al circuito de 19 kms. donde la única dificultad era la subida al monte Ulriken, un repecho de 1,5 km. al 6% de desnivel hasta el cerro Salmon, aún a 10 de meta.

Ahí llegó la primera fuga de los hombres fuertes, con el italiano De Marchi, el español De la Cruz o el colombiano Pantano entre ellos. En el pelotón fue Francia la que asumió las riendas de la persecución del octeto destacado, mientras los últimos gregarios de Sagan se quedaban ya descolgados.

En la penúltima ascensión al monte, el holandés Dumoulin, ganador hacía cuatro días de la prueba contrarreloj, dio dos arreones que dejaron sentenciada esa fuga, pero que no fueron suficientes para seleccionar el pelotón, que llegaba al toque de campana con más de cien unidades, algo extraño a estas alturas de la carrera de fondo por excelencia de la temporada, pero revelador de la relativamente poca exigencia del recorrido.

Tras seis horas y media de esfuerzo, llegó el momento decisivo: el francés Alaphilippe, secundado por el italiano Moscon, consiguieron unos pocos segundos, insuficientes para que triunfara una escapada.

La volata la lanzó un Kristoff aupado por el numeroso público noruego y solo le sobrepasó Sagan, quien a duras penas consiguió aguantar el puesto en la línea de meta. Finalmente, conserva su maillot arcoíris y agranda un palmarés fabuloso a sus 27 años, en el que descatcan entre otros ocho triunfos de etapa y cinco clasificaciones por puntos en el Tour de Francia o un Tour de Flandes.

Se da la circunstancia de que además se ha proclamado campeón del mundo en tres continentes diferentes: Norteamérica en 2015 (Richmond, Virginia, EE.UU.); Asia en 2016 (Doha, Catar); y ahora Europa, y  como siempre ante selecciones mucho más potentes.

El eslovaco se une así al italiano Alfredo Binda, los belgas Rik van Steenbergen y Eddy Merckx y el español Oscar Freire con tres títulos como los mejores de todos los tiempos en la competición.

Tom Dumoulin Campeón del Mundo de Contrarreloj, dando una exhibición.

post

Medalla de oro incontestable para Dumoulin y aviso para Froome. La medalla de plata se la ha ganado el esloveno Primoz Roglic y el bronce Froome.

Se citaban en los Mundiales de Bergen (Noruega) los dos ciclistas llamados a pelear por la victoria del próximo Tour de Francia y atención porque el holandés Tom Dumoulin se ha exhibido para ganar la medalla de oro y avisar a Chris Froome, de que el próximo año no le pondrá fácil repetir su inédito doblete Tour-Vuelta.

El ganador del Giro ha estado a punto de doblar al británico y se ha subido a lo más alto del podio gracias a su tiempo de 44 minutos y 41 segundos. La plata se la ha ganado el esloveno Primoz Roglic —el único de los cabeceros que cambió de bicicleta— (45’38”) y el bronce ha sido para Froome (46’02”).

Se esperaba una jornada lluviosa pero el agua no apareció hasta que todos los favoritos estaban en carrera. La tregua desapareció y descargó cuando el pulso Froome-Dumoulin se estaba librando.

La circunstancia de los cambios de bicicleta antes de ascender el temido Monte Floyen, 3,5 km con una pendiente media del 9,1%, condicionó también la pelea.

El primero de los favoritos en cambiar de bici para conseguir el mejor tiempo fue el holandés Wilco Kelderman (46’15’’). Su tiempo lo rebajaría el portugués Nelson Oliveira (46’09’’) y eso que el corredor del Movistar realizó un cambio de bicicleta muy poco ortodoxo antes de afrontar el tramo final.

A punto estuvo de arrebatarle su puesto en la silla el bielorruso Vasil Kiryienka pero se mantuvo en ella por 23 centésimas. El que apeó al luso de la cabeza fue el eslovaco Primoz Roglic, que pulverizó el crono al rebajarlo en 30 segundos (45’38’’).

La primera víctima de la lluvia fue Rohan Dennis. El australiano venía pugnando por los mejores tiempos en los puntos intermedios pero se fue al suelo y se magulló la pierna derecha tirando así al traste sus opciones.

Chris Froome concluiría su actuación sin mejorar el tiempo de Roglic y con el increíble Tom Dumoulin pisándole los talones. La medalla de oro tenía su nombre ya grabado antes de que terminara Tony Martin por detrás (a 1’39”).

El holandés marcó territorio a partir del segundo punto cronometrado (14’22’’) y en el tercero ya ponía tierra de por medio al aventajar a su inmediato perseguidor, Tony Martin, en 32 segundos. En el siguiente, antes de la subida, su ventaja superaba ya los cuarenta segundos.

No cambió su herramienta, como tampoco lo hicieron Froome o Martin y finalmente en meta pararía el reloj en 44’41’’. Toda una exhibición para convertirse en el primer holandés de la historia que se enfunda el maillot arco iris de la CRI.

Froome se corona al fin en la Vuelta España y Contador entra en la leyenda.

post

El madrileño dio sus últimas pedaladas profesionales en Madrid. El africano redondeó el doblete Tour-Vuelta.

El lunes después de una grande es un día de sensaciones raras. A la hora de la comida coges el mando a distancia, por pura inercia, y zapeas impulsivamente por el televisor, pero no encuentras a Carlos de Andrés y Pedro Delgado. Si acaso te topas con una redifusión. De repente, caes en tu error: ya no hay Vuelta a España. Y sientes un enorme vacío. Inconsolable. Ese vacío se convertirá este 11 de septiembre en un abismo cuando, además, recuerdes que ya no volverás a ver más a Alberto Contador en una carrera profesional.

A las 20:24 horas, Contador cruzó la meta de Madrid en el puesto 26º. Feliz del trabajo bien hecho. No le importó haber perdido la cuarta plaza ante Wilco Kelderman por un corte de siete segundos. El último recorrido, sobre 117 kilómetros, se lo tomó como una fiesta, con brindis de cava incluido. Vistió el maillot blanco de la combinada de prestado, porque el ganador de esa clasificación es Chris Froome, que también se ha llevado el rojo de la general y el verde de los puntos, en dura puja final con Matteo Trentin.

Froome cumplió su desafío. Le ha costado más esfuerzo ganar la Vuelta que el Tour. En España se descubrió como corredor de grandes rondas en 2011, cuando fue segundo tras Juanjo Cobo. Después de aquello se había coronado cuatro veces en París, pero la Vuelta se le resistía. El reto se transformó casi en una obsesión. Tanto que esta temporada Froome se preparó a conciencia para rendir aquí. Otras veces llegó más cansado, o con un equipo más pasota. En 2017 lo ha bordado. El africano se erige como el primer ciclista que gana Tour-Vuelta el mismo año, desde que se celebra en ese orden. Jacques Anquetil (1963) y Bernard Hinault (1978) también lo hicieron, pero cuando la Vuelta se disputaba en primavera.

Chris Froome se lleva la gloria en el palmarés y la admiración del público. “Para todos, mucho, mucho gracias, para tres semanas a tope”, se despidió en castellano desde el podio. Es difícil no quererle. Su ciclismo no es bello, pero su actitud nos engancha. Sus dos sprints finales contra Trentin son un ejemplo de ello. Para Contador ha sido la gloria eterna y el aplauso infinito. Su ciclismo es bello. Su actitud, también. Contador nos engancha porque no se ha limitado a recibir los vítores de los aficionados en cada una de las 21 etapas. Ha atacado cada día que ha podido: hasta once días. Sin contar el paseo en solitario que se dio en la entrada a Madrid. Emotivo homenaje. Los 2:33 minutos que perdió en la tercera etapa en Andorra han sido un lastre que le ha impedido luchar por el jersey rojo y por el podio. Pero siempre le quedará el Angliru: la imagen más hermosa de esta Vuelta 2017.

Contador se dio el domingo el último baño de cariño como profesional. Firmó autógrafos en la salida de Arroyomolinos, se hizo fotografías… Y lidió como pudo la aclamación unánime: “No te retires, Alberto”. Hasta sus compañeros Markel Irizar y Edward Theuns se lo cantaron en directo para las cámaras de televisión: “¡Un año más!”. Nos vamos a quedar con las ganas. Aunque bien pensado, ¿para qué arriesgarnos a un broche menos mágico?

Trentin ganó el sprint de Madrid y logró su cuarta victoria en la Vuelta, pero no le sirvió para arrebatar el maillot verde a Froome, que se codeó con los velocistas ‘a lo Eddy Merckx’ para clasificarse undécimo y conservar la prenda por sólo dos puntos. Por cosas así, Froome es admirable. Mientras el africano se daba ese último calentón, Contador se autodedicaba un homenaje: una vuelta de honor con la bandera de España al viento. Ya desmontado de su bicicleta, subió al podio para recoger el premio al Más Combativo… A un podio similar al que escaló otras nueve veces como ganador de nueve grandes: tres Tour de Francia, tres Giro de Italia y tres Vuelta a España. Por todo ello solo queda decir el que ha sido el lema de esta Vuelta: Gracias Alberto.

Chris Froome conquista su cuarto Tour de Francia.

post

Chris Froome sigue agrandando su historia después de ganar su cuarto Tour de Francia, lo que le convierte en el único corredor en toda la historia de esta centenaria carrera que cuenta con ese número de triunfos en París.

El británico volvió a ser el corredor más completo del pelotón defendiéndose en todos los terrenos, aunque en una edición donde lo ha tenido más difícil que nunca ante unos rivales que parecen haberle perdido ya el respeto. Rigoberto Urán y Romain Bardet le acompañan en el podio final con Mikel Landa a tan sólo 1 segundo del cajón.

La 104 edición de la ‘Grande Boucle’ deja un sabor ciertamente agridulce. Agrio porque quizás se echó en falta más finales en alto, más dureza en la montaña y, sobre todo, más desnivel en la primera semana y media de carrera. Agrio también porque los rivales de Froome tardaron en ponerle en aprietos. El único que lo intentó pronto, Fabio Aru, terminó acusando el esfuerzo y cayó en picado en la clasificación en una carrera que se le hizo muy larga. Agrio también la superioridad del Sky volvió a ser tan clara que ni siquiera le hizo falta atacar. Así, sin atacar y sin ganar una etapa por primera vez en sus cuatro victorias, Froome firmó el póker en París.

Tal fue el dominio del Sky que siempre vistieron el maillot amarillo, de principio a fin, salvo dos jornadas que lo vistió Fabio Aru. Desde el inicio en Dusseldorf, con la victoria de Geraint Thomas, hasta Planche des Belles Filles, donde le cogió el relevo Froome, que sin embargo no dio su característico golpe de autoridad en la primera semana de carrera. Esta vez su ventaja nunca fue algo insalvable para sus rivales, donde surgió la inesperada figura de Rigoberto Urán, con el que nadie contaba en un principio y que terminó siendo la principal amenaza hasta la contrarreloj final de Marsella.

El que parecía más en forma para ponerle en aprietos era Richie Porte y el australiano, fiel a su mala suerte, se fue al suelo dejando más despejado el camino a Froome, que tampoco tuvo en Alberto Contador como rival. El pinteño se volvió a ir al suelo en un Tour, y ya van seis seguidos por los suelos. Intentó redimirse y buscar algún triunfo de etapa para su nuevo equipo, el Trek, que tuvo que conformarse con el de Bauke Mollema. Tampoco tuvo Froome que pelear con Nairo Quintana, que llegó muy desgastado del Giro de Italia, donde también había estado Mikel Landa, que por momentos pareció estar en disposición de aspirar al trono, algo que, sin embargo, nunca le permitió el Sky, equipo que abandonará para fichar por un equipo que le deje, sin discusión, ser el jefe absoluto.

Pero no todo fue agrio. También hubo dulces, como el hecho de ver que Froome, que el año que viene soplará 33 velas, ya no es tan dominador como en años anteriores, algo que ha animado a sus rivales, a los que han estado muy cerca de él en esta edición, y a los que vendrán con ganas de revancha el próximo año como los mencionados Contador, Quintana, Porte, Pinot, Chaves y otros que podrían estar como Dumoulin o Nibali. Dulce porque esa igualdad garantiza siempre más espectáculo para el aficionado y que verá como Froome tendrá muy complicado entrar en el club de los cinco veces campeones del Tour de Francia: Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain.

Y también hubo grandes momentos como los cinco triunfos de etapa de Marcel Kittel o la enorme carrera de Warren Barguil, que con dos triunfos de etapa y el maillot de la montaña se convirtió en el corredor favorito de muchos. También el maillot verde de Michael Matthews, que lo peleó hasta el final y que se vio favorecido por el abandono de Kittel, y el de mejor joven para Simon Yates, que mantuvo una bonita disputa con Louis Meintjes, además de la incansable insistencia de un Daniel Martin que demostró ser capaz de luchar por un podio en una gran vuelta. El Sky se llevó la clasificación por equipos y también se vio cómo empezaban a despuntar futuras promesas como Calmejane o Roglic, ganadores de etapa.

Dumoulin remonta y gana el Giro de Italia, por delante de Quintana y Nibali.

post

Tom Dumoulin hizo buenos los pronósticos y se llevó la edición 100 del Giro de Italia, por delante de Nairo Quintana y Vincenzo Nibali, 2º y 3º respectivamente.

37 años después un ciclista holandés vuelve a ganar una grandes. Desde que lo hiciera Joop Zoetemelk en el Tour de Francia ningún ciclista ‘orange’ había logrado subir a lo más alto del podio ni en el Giro, ni en la Vuelta ni en el Tour de Francia. Pero el 28 de mayo, Tom Dumoulin ha hecho buenos los pronósticos y ha logrado el triunfo final en la edición 100 del Giro de Italia.

Dumoulin, que se caía del podio después de la penúltima etapa de la Corsa Rosa, tenía que remontar 53” a Nairo Quintana para aspirar a la gloria en Milán. Una remontada, que dadas las mejores prestaciones del holandés en la lucha contra el crono y el perfil de la CRI, 29,3 kilómetros del todo llanos, lo daban del todo favorito. Pero ésta era una contrarreloj diferente, marcada por las 20 etapas previas y el castigo acumulado en las piernas de los ciclistas, y este era el comodín que esperaba Nairo Quintana que le llegara en una buena mano.

A priori, el líder del Movistar era el que peor lo tenía, a tenor de sus condiciones, y había quien incluso lo veía fuera del podio. No fue así, pero al menos mantuvo la maglia rosa momentáneamente después de una buena CRI. Nibali –ganador en 2016– mantuvo la tercera plaza, de la que se caía un Thibaut Pinot que sí, lo ha hecho muy bien en la semana final, pero quien ha fallado en las dos contrarreloj del Giro.

No pudo ‘El Tiburón’ repetir el éxito de 2016, tampoco Quintana el de 2014, pero ambos han protagonizado una de las ediciones de la Corsa Rosa más emocionantes que se recuerdan.

A priori, a tenor del perfil de las etapas, todo parecía indicar que Quintana era el máximo favorito para la victoria final, pero la mayor regularidad y el gran comportamiento de Tom Dumoulin en la montaña han sido claves para que acabe con la mala suerte que le acompañaba en las grandes y logre por fin su primer gran triunfo, después de que en el último suspiro se le escapara la Vuelta de 2015.

A partir de ahoea se abre una nueva página en blanco en el libro de la ‘Mariposa de Mastricht’, en la que muchos ya adivinan otros grandes éxitos, de un ciclista que antes de los Juegos Olímpicos de Río declaraba: “Soy joven y las grandes vueltas siempre me han llamado, pero luchar por la general lo dejo para más adelante”. Su momento ya llegó.