El estreno de Roglic en la reVuelta eslovena donde Valverde repitió podio.

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Los colombianos pusieron la ‘cruz’ de la carrera.

La Vuelta España 2019 concluyó el Domingo en Madrid con el característico paseo triunfal por las calles de la capital. La etapa arrancó a primera hora de la tarde desde Fuenlabrada para concluir al atardecer en Madrid. Hubo tiempo para las fotos con el champán, una pedida de matrimonio en plena carrera, bromas, la escapada de Rubio y Martínez… Pero a la hora de la verdad fue Jakobsen quien se apuntó el último triunfo en el Paseo de la Castellana con Bennet y Sajnok pisándole los talones. Poco después se formó ahí el podio con los vencedores.

La Vuelta 2019 fue La Vuelta de los eslovenos. Primoz Roglic y Tadej Pogacar coparon el podio de La Cibeles escoltados en el medio por Alejandro Valverde, quien fue segundo diez años después de subirse al cajón por primera vez. El murciano, además de llevarse la etapa parcial en Más de la Costa, consiguió su 9º podio en una grande, el séptimo en la ronda de casa (incluida la victoria de 2009), 19 top-ten en 22 carreras de tres semanas terminadas además de las 17 etapas conquistadas.

El último día, camino de la Plataforma de Gredos, estuvo a punto de perderlo debido al empuje de Pogacar, que se fue en solitario desde Peña Negra. La estrategia conservadora de Movistar, que apostó por intentar salvar los puestos de Nairo y ‘El Bala’, casi les cuesta quedarse sin nada pero el de Las Lumbreras apretó al final para salvaguardar un segundo puesto que no esperaba, puesto que había llegado a esta carrera con la intención de llevarse etapas.

Por delante de él ganó con solvencia Primoz Roglic. El del Jumbo, aunque con bagaje todavía escaso en un deporte al que llegó hace solo ocho años procedente del esquí, se hizo con una Roja que asaltó en la única crono de la carrera, en Pau, y consolidó sorteando como pudo, pero firme, las numerosas vicisitudes que le aparecían cada día. Pogacar, a sus 20 añitos, fue la sensación con tres triunfos de etapa de prestigio en Andorra, Los Machucos y la Plataforma de Gredos además de llevarse el maillot de los jóvenes.

La cruz en esta carrera la pusieron Nairo Quintana y Miguel Ángel López. Es cierto que el de Movistar ganó la etapa de Calpe, dio la machada recortando cinco minutos en Guadalajara y peleó por el triunfo hasta la última etapa competitiva, pero el regusto que dejó finalmente fue amargo. El de Boyacá escribió en esta Vuelta uno de los últimos capítulos, si no el último (aún correrá clásicas con el cuadro navarro), de un matrimonio con el Movistar que nunca dio la sensación de ser estable y acabó con un divorcio que le lleva al Arkae francés.

Supermán, por su parte, fue protagonista indiscutible de la carrera. Para bien y para mal. Ha sido, con Pogacar, el corredor más ofensivo entre los importantes, pero también de los que menos suerte ha tenido. En especial, por la caída al final de la primera semana en Andorra que quizás le mermó para el resto de la carrera. Pero cuando parecía recuperado y todo el mundo le esperaba, al final también le abandonaron las fuerzas pese a que su equipo no paró de calentar la carrera y dificultar la existencia a los rivales.

A falta de grandes figuras, y con La Vuelta un poco más ‘barata’, los equipos españoles aprovecharon para ser protagonistas. Burgos BH brilló sobremanera gracias a las fugas que protagonizaron sus hombres, pero sobre todo por el increíble triunfo de Madrazo en Javalambre.

Además, el Gorrión aguantó el maillot de topos casi hasta el final de la ronda. Se lo acabó birlando Bouchard. Murias, por su parte, salió del bache económico en el que se encontraba -ya casi tienen cerrado un patrocinador- y se llevaron un alegrón de altura en Urdax con el triunfo de Iturria, quien culminó con maestría la escapada.

Tan sólo se quedó sin ‘mojar’ Caja Rural-Seguros RGA, quien rozó el éxito varias veces vía Aranburu y Aberasturi. Fue la Vuelta de las ausencias ilustres, del triunfo de Jesús Herrada en Ares del Maestrat, de algunas polémicas internas de Movistar, de las salidas de tono en la ‘batalla de Toledo’, pero sobre todo de la Revuelta eslovena.

Egan Bernal, el chico de oro.

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Primer colombiano que gana la ronda francesa.

Egan Bernal entró en el olimpio de los dioses del ciclismo al conquistar el Tour de Francia 2019. El ciclista lo logra con apenas 22 años convirtirse en uno de los más jóvenes en conseguirlo y en el primer colombiano de toda la historia. El del Ineos sube a lo más alto del podio de París en un cierre de fiesta donde Caleb Ewan se llevó la última etapa, una vez más resuelta al esprint.

La edad y el ser el primero de su país en conseguirlo son dos hitos, pero también su impresionante irrupción en la élite del ciclismo mundial. Su llegada no ha podido tener una una puerta más grande, puesto que es habitual que los jóvenes talentos que vienen con fuerza primero prueben fortuna en el Giro de Italia o en la Vuelta a España como hemos visto en los últimos años: Froome hizo podio en Vuelta (que finalmente ha sido suya) antes de lanzarse a por el Tour; Dumoulin lo hizo ganando el Giro de 2017, Nibali también en la ronda italiana o, más recientemente, Richard Carapaz en el pasado Giro.

Pero Bernal es un caso de lo más atípico. Este Tour es su segunda participación en una gran vuelta, y la segunda, además, en el país galo. Todavía no sabe lo que es correr en la de nuestro país o en Italia. El año pasado debutó como gregario de Froome y terminó siéndolo para Thomas, y este año, con la baja del primero, se convirtió en el colíder junto al segundo. Así, el Ineos contaba con dos bazas: el vigente campeón y el hombre que está llamado a dominar el ciclismo la próxima década. Y más atípico aún es su caso si tenemos en cuenta que hablamos de un colombiano que no sólo sabe escalar, también se defiende en las pruebas contra el reloj, el histórico talón de Aquiles de sus compatriotas en este deporte.

Y eso que en esta edición no pudo demostrarlo en Pau, donde perdió más tiempo del esperado en la crono. Pero en la montaña no tuvo rival. Sólo Pinot en los Pirineos pareció poder animar la carrera, pero el francés abandonó en los Alpes, donde el colombiano asestó el golpe definitivo. Era su terreno y el momento que con más impaciencia esperaba para dejar claro que el mando del Ineos debía ser para él y no para Thomas, siempre elegante en pos de su compañero. Alaphilippe, la otra gran sensación de esta edición al ganar dos etapas y vestir dos semanas el maillot amarillo con un desparpajo que ha cautivado al mundo, no pudo aguantar el pulso final debido a su perfil explosivo, no de escalador puro.

Pero estuvo cerca. De hecho, si Bernal no decide atacar en Iseran, penúltimo puerto de la etapa 19, ‘Balaphilippe‘, apodado así por su similitud en la forma de correr con Valverde, podría haber llegado con más opciones en la última y recortada jornada alpina. Pero el colombiano no escatimó y lanzó el mejor ataque de una edición algo descafeinada por la falta de combatividad en los grandes puertos. Un alud obligó a anular el último puerto en una de las imágenes que quedarán para el recuerdo de esta histórica prueba y el colombiano sacó más de dos minutos al francés y sentenció la carrera. El deporte de las dos ruedas era justo, por fin, con Colombia, que llevaba décadas persiguiéndolo. Ni Parra, ni Nairo, que volvió a atragantarse con la ronda gala y que maquilló con un triunfo de etapa, ni Urán , todos ellos con podios en Francia, pudieron lograrlo. Tuvo que ser este ‘chaval’ de 22 años el que llegara y besara el santo.

Otros nombres que nos deja esta edición son los de Mikel Landa, que venía con un Giro en las piernas y se vació hasta el último día, Thomas que confirma que lo del año pasado no fue casualidad, Kruijswijk que sube al tercer cajón, Sagan que se convierte en el ciclista con mayor número (7) de victorias del maillot verde de toda la historia; Romain Bardet que se tuvo que consolar con ser el rey de la montaña, Caleb Ewan, el mejor esprinter de la edición con tres victorias, y el Movistar Team, que volvió a ser el mejor equipo de la carrera.

Richard ‘Capataz’ del Giro de Italia.

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Carapaz se convierte en el primer ecuatoriano de la historia que gana una gran vuelta.

Richard Carapaz se convirtió en el nuevo rey del ciclismo mundial al conquistar el Giro Italia 2019. El ciclista del Movistar Team hizo historia en la carrera rosa al convertirse en el primer corredor de su país en lograr este prestigioso logro que le sitúa entre los más grandes de este deporte. Hizo buena su ventaja en la contrarreloj final de Verona, que ganó Chad Haga, y subió a lo más alto del podio. Landa se quedó a tan sólo 8″ del podio final.

El gregario que terminó reinando. No es la primera vez que ocurre en este deporte. La última vez ocurrió en un Tour de Francia, cuando Geraint Thomas acudió dispuesto a trabajar para Chris Froome y acabó demostrando estar más fuerte que su líder para terminar ganando en París. Ahora, en Italia, la historia se repite. Esta vez en el Movistar Team, que llegaba a esta edición de la ‘corsa rosa’ con Mikel Landa como jefe de filas y Carapaz como escudero más fiable. Pero el ecuatoriano pronto demostró tener mejores piernas, tanto en montaña como en contrarreloj.

Porque fueron las pruebas contra el crono las que tumbaron las opciones del vasco y mantuvieron las del ecuatoriano afincado en Pamplona. Empezó cediendo 47″ con Roglic en la jornada inagural (Landa, 1’07»), pero pronto empezó a recortar diferencias. Ganó la cuarta etapa con final en Frascati, dando muestras incluso de su punta de velocidad, mientras su líder seguía perdiendo tiempo. En San Marino volvieron a retroceder con un inmenso Roglic que lograba su segunda victoria. Hasta 1’55» perdió Carapaz ese día, ocupando el puesto 20 en la general, a casi tres minutos y medio de Roglic, el tiempo que le debía recortar en la montaña, más el colchón antes de la crono final.

En Lago Serrú empezó su remontada demostrando que Roglic era totalmente vulnerable. El esloveno nunca tuvo equipo en las etapas más duras y lo pagó caro. Se soldó a la rueda de un Nibali desquiciado, pero fue inútil. Los Movistar Team eran muy superiores, no tuvieron rival en las alturas. Así lo volvieron a demostrar en Courmayeur, donde la ‘Locomotora de Carchi’ daba una nueva exhibición ganando su segunda etapa y colocándose, por primera vez en la historia de Ecuador, como líder de la general, con apenas 7 segundos sobre Roglic, que en Como demostró que no sería el rival para el triunfo final sino Nibali.

En la llamada etapa reina de Ponte di Legno, previo paso por el Mortirolo pero sin el nevado Gavia, Carapaz seguía afianzando su liderato. Cada vez que la carretera iba para arriba lograba sacar tiempo a todos sus rivales, ayudado siempre por un Landa muy profesional que nunca puso pegas a su inesperado rol. El vasco quiso llevarse el premio de una etapa en la penúltima jornada, en Monte Avena, pero un impresionante Pello Bilbao, ganador de dos etapas en este Giro, le arrebató la gloria en el último metro. Se metió en el podio, pero en la crono Roglic le apartó del cajón, algo que no borró su gran participación en la carrera, dando espectáculo en todo momento, ayudando a Carapaz, secando a los rivales y atacando cuando la ocasión lo permitía. Una vez más, las pruebas contra el crono se mostraron como su talón de Aquiles para ganar una gran vuelta, porque como escalador, cuando está bien, no parece tener rival.

Así terminaba un Giro que fue descafeinado durante la primera semana y media. Menos montaña de la esperada y menos batalla en las alturas, con un líder que fue tan superior que nadie pudo discutir su trono. A sus 26 años, recién cumplidos durante la carrera, Carapaz devuelve al Movistar Team a lo más alto del ciclismo mundial. No ganaba una gran vuelta desde que lo hiciera Nairo Quintana en la Vuelta España 2016, pero nuevamente demostró su gran ojo a la hora de fichar a grandes promesas de países sudamericanos. Además, en esta edición consiguió aunar opiniones sobre su valiente estrategia, algo que echa de menos un sector del aficionado que siempre le cuestionaba su exceso de conservadurismo. Con esta victoria se busca un ‘bendito problema’ que es el de contar con líder de equipo que se añade a los Valverde, Quintana y Landa.

El equipo telefónico se llevó la clasificación por equipos que tanto compite siempre, Pascal Ackerman, con dos triunfos, se llevó la clasificación por puntos, Ciccone, ganador de una etapa, el gran merecedor de la montaña y el colombiano Miguel Ángel López, el mejor joven.

Alejandro Valverde gana el Mundial de ciclismo.

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El ciclista murciano se proclama campeón del mundo a los 38 años al batir al sprint a Bardet, Woods y Dumoulin, los últimos supervivientes del infierno de Innsbruck.

“¡Por fin!”, grita Alejandro Valverde, que, campeón del mundo, no ha levantado los brazos hasta que no ha estado seguro de cruzar el primero la última línea. Aún controlado y sereno, lo hace cuidadosamente: primero el brazo izquierdo, casi lentamente, mientras con la mano derecha frena un poco y controla la bici disparada; solo entonces alza el derecho. Y ahí se acaba la calma. La clase y la tranquilidad se rinden a la emoción que el ciclista murciano llevaba minutos controlando. Y empieza a llorar, una magdalena sin freno, tiernísimo, antes incluso de bajarse de la bici y abrazarse a su masajista, Escámez, y llorar más aún, incontenible.

Tiene 38 años. El de Innsbruck es el 12º Mundial que disputa, el más duro que ha conocido. Ha subido seis veces el podio en su larga carrera; lleva haciéndolo desde 2003, un niño de 23, y nunca ganando. Tantas veces se ha quedado cerca que piensa que nunca se llevará el arcoíris, el máximo símbolo de la gloria en el ciclismo junto al maillot amarillo del Tour. Ya escamado piensa que este año, tampoco. Lo piensa cuando atraviesa el infierno sobre un Innsbruck soleado penando sobre los pedales en los 300 metros del 28% que todos, salvo él, temen tanto. Se ve tan fuerte con su piñón de 29 que empieza a ilusionarse, aunque no quiere creérselo. “No me lo creía, no me lo creía”, repite después, las lágrimas ya secas, los ojos siempre brillantes. “Me encontraba bien en el momento clave, y solo habíamos quedado tres delante. Y pensaba, ‘este puede ser mío’, y al mismo tiempo quería olvidar que lo pensaba”.

Es el día perfecto de la selección española, su Mundial impecable. Solo han llegado vivos tres al infierno, Valverde entre ellos, pero los otros dos son más lentos que el murciano, la Bala Verde, El Imbatido desde sus tiempos de sprinter juvenil: son dos ciclistas duros, de fondo, el escalador francés Romain Bardet y el animoso canadiense Michael Woods. Nibali, Alaphilippe, los gemelos Yates, Moscon, Kwiatkowski, Roglic… La lista interminable de favoritos, de grandes rivales, de peligros insuperables, se ha quedado en nada. Solo, unos metros detrás, resiste Dumoulin, el gigante holandés que serpentea por el infierno, de lado a lado de la carretera estrecha, sin venirse abajo, sin despendolarse. Ha sido una carrera durísima, de eliminación pura y dura. De muchos ataques y acelerones de los italianos, los franceses, los holandeses, los belgas, los daneses, y una defensa increíble de los españoles, a los que les llegaba de vez en cuando un único mensaje desde el coche de su director, Javier Mínguez, quien, cuando le preguntaban «¿qué hacemos?», respondía: “Nada. Tranquilos siempre, nunca perdáis la calma. Y controlad”.

Con un entusiasmo desbordado, los siete compañeros de Valverde han logrado controlar lo incontrolable, siete secantes que empiezan a llevar la carrera por donde quieren a falta de 80 kilómetros. Allí entra en acción Castroviejo, que tira del carro; luego salen Herrada y Omar Fraile a frenar ataques, y también De la Cruz. Mas, Izagirre y Nieve, los más escaladores, se guardan para el final. Y todos intervienen. Solidarios. Felices de contribuir a la coronación del ciclista que empezó a ser una referencia para todos a comienzos de siglo, cuando la mayoría no eran ni juveniles, solo niños que soñaban con ser él.

Valverde es el ciclista español con más victorias, 122 según los que llevan las cuentas, y ha ganado una Vuelta, cuatro Liejas y cinco Flechas y etapas en todas las pruebas que puedan pensarse. También ha subido al podio del Giro y del Tour. En todas, tantas, victorias, supo en todo momento qué había que hacer. En el Mundial, y no sabe por qué, quizás porque era el sueño que siempre se le escapaba, no lograba enfriarse en el momento decisivo. “Corre cuando tengas que correr, no corras antes”, es el último consejo que le da Mínguez. El consejo que le convence y pone en práctica cuando bajan los tres del infierno hacia Innsbruck y Dumoulin los persigue de cerca. Valverde sabe lo que tiene que hacer, lo que debe hacer, y lo hace. Corre cuando tiene que correr. Aunque el Mundial se corre sin pinganillo y no recibe información de lo que pasa detrás de su grupo, su instinto le hace volverse a mirar de vez en cuando, con su estilo de pistard, la mirada de reojo que se mama en los velódromos, y siente la llegada de una mancha naranja grande, Dumoulin, la huele. “Uno se va a quedar sin medalla”, dice que pensó entonces. Pero sabía que no sería él quien lloraría de rabia en la meta. Esta vez sería otro. Cuando llegó el holandés, y faltaban menos de dos kilómetros para la meta, Valverde se pone delante de todos para que el grupo no se pare y para controlar a todos, y así pasan por debajo del triángulo rojo del último kilómetro, y todos esperan a ver qué hace el favorito para saltar a la contra. Y ninguno se mueve. Cuando se mueven, después de que Valverde acelerara a falta de 300m, siempre en cabeza, fue para disputarse entre los tres la segunda plaza. Bardet, más fuerte, derrota a Woods y a Dumoulin. Todos, detrás del murciano que se corona campeón del mundo a los 38 años y cinco meses.

Solo el holandés Joop Zoetemelk, que alcanzó el arcoíris a los 38 años y 10 meses, lo ha logrado más viejo que él, el ciclista que aún corre con la emoción de un juvenil y la clase de un campeón único.

El cometa Dennis logra su primer arcoíris.

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El australiano sucede a Tom Dumoulin.

El australiano Rohan Dennis ha conquistado su primer Campeonato del Mundo Contrarreloj gracias a una exhibición de otra galaxia sobre el complicado trazado de 52,5 kilómetros con final en Innsbruck. El aussie se ha mostrado intratable desde el primer punto intermedio y ha ido pulverizando las marcas y esperanzas de sus rivales.

La diferencia de 1:21 sobre el holandés Tom Dumoulin, que pasó de la ilusión por defender su título a salvar por centésimas una sufrida plata frente al belga Victor Campenaerts (bronce), no ofrece duda sobre su divino estado de forma.

Incluso el español Jonathan Castroviejosexto clasificado, sufrió el ciclón australiano al verse doblado en el ecuador de la prueba. Michal Kwiatkowski y Nelson Oliveira cerraron el top-5.

Simon Yates se consagra en Madrid.

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Enric Mas y Miguel Ángel López le acompañan en el podio.

Simon Yates se llevó el domingo su primera grande. El líder del Mitchelton se subió a lo más alto del podio de La Castellana tras completar una carrera casi perfecta. El líder no flaqueó ningún día. Estuvo impoluto desde el inicio.

El británico había preparado a conciencia la Vuelta; era su oportunidad de resarcirse después de un Giro que perdió en el último suspiro después de una genialidad de Chris Froome en Bardonecchia.

Quería demostrar su calidad y su fortaleza en España. Con su ya clásica filosofía por bandera, «la mejor defensa es un buen ataque», el de Mitchelton-Scott ha mostrado, a sus todavía 26 años, sus grandes credenciales. Además, lo ha hecho en un año inmejorable para el ciclismo británico, que ha firmado la triple corona: Chris Froome se hizo con el Giro, Geraint Thomas con el Tour y ahora Yates con la Vuelta. Un hito que puede resultar un espaldarazo importante para su país.

No fue la Vuelta del Movistar Team, que llegó a la carrera con el máximo favorito entre sus aspirantes y el mejor gregario posible: Alejandro Valverde. Nairo, ganador en 2016, se postulaba como el principal candidato por palmarés, aunque venía con dudas después de un gris Tour de Francia. Es cierto que había conseguido un triunfo de etapa importante, pero no logró el objetivo de entrar en el podio.

Comenzaron muy fuertes, dominando la carrera. Valverde se mostró como el rey de las bonificaciones. Por eso llegó con opciones de podio hasta el final. Respondió en montaña. En La Covatilla, La Camperona (donde consiguió un triunfo excelso Óscar Rodríguez que encumbraba a un Murias que, al igual que el Burgos, se mostró muy competitivo en su debut), en los Lagos de Covadonga…

Tan sólo falló en Andorra, cuando se repartían los puestos del cajón. Nairo se desconectó mucho antes. Su crisis comenzó en el Monte Oiz. A partir de ahí, sabiendo que no tendría opciones en la general, se puso a las órdenes del ‘Bala’. El ‘Imbatible’ ganó dos etapas a Kiatkowski (Caminito del Rey) y Sagan (Almadén).

Fue la Vuelta de la igualdad, del calor y las pequeñas diferencias. No rindieron a su mejor nivel hombres como Ion Izagirre o David de la Cuz, que tenían esperanzas de pisar el podio. Tampoco Fabio Aru, ganador de esta carrera, al que le persiguieron todos los fantasmas.

Los españoles que sí triunfaron fueron Jesús Herrada, que vistió durante dos días el maillot de líder gracias a una inteligente escapada en Estaca de Bares, y Enric Mas. El balear, el ‘heredero de Contador’, fue de menos a más. Siempre respondió con los mejores pero se vino arriba tras su gran actuación en la crono de Torrelavega.

Aquella tarde se acercó a un podio que cazó tras su histórico triunfo del sábado en La Gallina. Allí superó a Supermán López, quien se coló en el tercer puesto gracias a su actitud ofensiva en el último tramo.

Se disputó en La Castellana la última etapa de Madrid. Viviani, que hacía ‘triplete’, se llevó un ajustado triunfo al imponerse al esprínt a Sagan y Nizzolo. Era la última victoria del italiano en una Vuelta que fue dominada por el capitán Simon Yates.

Geraint toma Paris.

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El del Sky se convierte en el primer galés en ganar la ‘Grande Boucle’.

Geraint Thomas conquistó el Tour de Francia 2018, contra todo pronóstico y siendo la gran sorpresa en el podio de París en los últimos años. La segunda baza del Sky se convirtió, sin esperarlo, en el flamante nuevo jefe de filas para terminar firmando la primera gran vuelta de su carrera. Un nuevo éxito de la formación británica, que ha ganado seis de las últimas siete ediciones de la ‘Grande Boucle’. Kristoff se hizo con el triunfo en la jornada de clausura de los Campos Elíseos.

Todo estaba preparado para que Froome, que llegó ‘in extremis’ a este Tour después de que la UCI le exculpara de su positivo en las pasada Vuelta a España, lograra lo que nadie más ha logrado en la historia de este deporte: ganar, de forma consecutiva, un Tour (2017), una Vuelta (2017), un Giro (2018) y nuevamente el Tour de Francia. Venía de ganar en Italia de forma aplastante y su condición era perfecta para intentar lograr la ‘manita’ en París entrando en el club de AnquetilMerckxHinault Indurain. Sin embargo, todo empezó del revés.

Una caída en la primera jornada le hizo empezar con mal pie y peor tiempo. Aguantó bien la primera semana y, en la segunda, con la llegada de la montaña alpina, se encontró con que el ‘enemigo’ estaba en casa. Jamás habría imaginado que su ‘rival’ sería su compañero y amigo Geraint Thomas. El galés, después de una vida dedicada a trabajar para los demás, se encontró con las mejores piernas de su vida, las mismas que le hicieron brillar en La Rosiere, cuando ganó la 11ª etapa y se vistió de líder, y también al día siguiente, sellando su nombre en la legendaria subida al Alpe d’Huez. Liderato afianzado y aviso para navegantes: iba a por el Tour.

Nunca abandonó el amarillo. La afición se preguntaba entonces si un hombre acostumbrado a ganar carreras de una semana podía rendir en la tercera de toda una gran vuelta. La lógica invitaba a pensar que sería el momento de que Froome tomara el mando del Sky, pero Thomas desafió la lógica y las apuestas y en los Pirineos también se mostró como el más fuerte. Una vez más, el maillot amarillo supuso una enorme inyección de fuerza, confianza y ambición. Sólo así se explica cómo en los Pirineos aguantó a la perfección en lo más alto de la clasificación.

‘Ayudado’ por los importantes de abandonos de pesos pesados como Richie PorteVincenzo Nibali o Rigoberto Urán, Thomas se encontró con un Tour donde apenas hubo oposición. Con Nairo Landa muy distanciados en la general, su mirada estaba puesta en Dumoulin y un sorprendente Roglic, una de las sensaciones de esta edición. En la etapa ‘made in Formula 1’ con final en el Col du Portet ganó Quintana y el británico amplió su ventaja ligeramente. Todo se decidiría en la etapa con final en Laruns, después de ascensos a míticos puertos como el Col d’Aspin, el Tourmalet o el Aubisque. Todavía entonces alguno pensaba que llegaría la visita del señor del mazo, pero nuevamente se equivocaron.

Escoltado por un gran debutante como Bernal, además del gran trabajo de hombres como Castroviejo Kwiatkowski, y la sombra de FroomeGeraint nunca perdió los nervios pese a los continuos ataques de Roglic, en primer lugar, y de Dumoulin, en menor medida. El primero, el esloveno, se llevó la merecida victoria y todo quedaba visto para sentencia en la contrarreloj de Espelette, donde Thomas debía demostrar sus orígenes en la pista para sentenciar un Tour que estaba ganado. Pudo incluso ganar la crono, marcando el mejor tiempo en los dos primeros intermedios, pero el equipo le ordenó levantar el pie para asegurar la victoria en París y, de paso, la etapa para Froome. Al final, ganó Dumoulin, que termina segundo en su mejor Tour hasta la fecha, seguido de Froome, que sube al tercer cajón de París.

Así terminaba una edición donde hubo más nombres propios, como los de Alaphilippe, flamante campeón de la montaña, Peter Sagan, sexto ganador del maillot verde de la regularidad igualando el récord de Erik Zabel, Latour como mejor joven y Movistar Team como mejor equipo.

Froome se corona en Roma como el primer británico que gana el Giro de Italia.

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El líder del Sky se une a Anquetil, Merckx, Gimondi, Hinault, Contador y Nibali en el club de ganadores de las tres grandes, Giro, Tour y Vuelta.

Anquetil, Gimondi, Merckx, Hinault, Contador, Nibali. Si hace unos años alguno afirma públicamente que el siguiente en entrar en esa lista sería Chris Froome, todo el mundo le miraría raro, como se mira con temor a alguien que se cree que no está en sus cabales. O pensarían que la degeneración del ciclismo no tenía límites. Y nadie puede ahora decir lo contrario.

Nadie vio venir a Froome. Hace siete años, en 2011, ya había cumplido los 26 y solo era un exótico rubito, un chaval delgadito con mofletillos, que había nacido en Kenia y quedaba bien para escribir perfiles de bichos raros en el pelotón. No había corrido aún la Vuelta en la que se reveló, y que se analizó como una de las sorpresas habituales de la ronda española, especialista en dar gloria efímera a desconocidos.

Por eso, quizás, a muchos les da aún sarpullido leer que junto a los monstruos sagrados de la historia del ciclismo, los únicos que han ganado en su carrera las tres grandes pruebas por etapas, el Tour, el Giro y la Vuelta, el nombre de Froome. Pese a que desde entonces ha ganado cuatro Tours (y ha terminado segundo en otro), una Vuelta y, desde el domingo, en que se convirtió en el primer británico que lo lograba, un Giro, Froome sigue siendo, en cierta manera, un intruso. Y ni siquiera la forma heroica en que ha ganado un Giro que parecía imposible para él a tres días de su final, le absuelve a ojos de gran parte de la afición.

Froome es un intruso que desafía la mirada tradicional sobre el ciclismo porque sus raíces, su cultura, su forma de ejercer su patronazgo sobre las pruebas por etapas, no tienen nada que ver con lo que se llevaba antes de la acelerada globalización del relato ciclista. Es un intruso porque es el producto de un equipo, el Sky, que se vanagloria de controlar, analizar y modificar todos los mínimos detalles que influyen en el rendimiento, incluida la personalidad de sus ciclistas.

El británico nacido en Nairobi en 1985 ganó el Giro con un ataque de otros tiempos en la etapa más dura. Estaba en la general a más de tres minutos del líder, un mundo en el ciclismo de control que tanto se practica, y faltaban 80 kilómetros, y dos puertos hors catégorie, para llegar a la meta. Por delante, la carretera desierta; ni un solo ciclista en fuga, ni un solo punto de apoyo. Bajo sus ruedas hinchadas con la presión justa para esa superficie, el asfalto se había convertido en tierra apelmazada y fina gravilla. Froome se fue. Dejó el peso de los cálculos y las conjeturas a los que le seguían. Dejó con la boca abierta a todos los que veían la tele y querían recordar que ese mismo Froome se había caído antes de empezar el Giro en Jerusalén y también en la primera subida en los Apeninos; que había pedaleado como un cojo desequilibrado y que había cedido tiempo en todos los finales en alto y en la gran contrarreloj, y al que habían perdonado la vida en el Gran Sasso. Y que al día siguiente de su victoria de orgullo en el Zoncolan había vuelto en Sappada a dar muestras de flaqueza.

Ese hecho tan puro, tan simple, un ciclista y la montaña, la soledad, la llamada del destino, el riesgo, semilla de leyenda, los sabios de su equipo lo adulteraron informando inmediatamente de que la acción había sido cuidadosamente planificada, de que le dijeron a Froome cuándo tenía que atacar y cuántos vatios podía alcanzar en ese momento, y de que habían distribuido estratégicamente a decenas de colaboradores con botellitas de líquidos cuidadosamente medidos por los dietistas del equipo para rellenar los depósitos de nutrientes que el corredor agotaba con su pedaleo incansable y acelerado, sin respiro.

A Luis Ocaña, cuando derrotó a todo el Tour en Orciéres Merlette, el director del equipo intentó frenarlo preguntándole que qué locura se le había metido en la cabeza para escaparse solo tan lejos de la meta. La publicidad del Sky desprecia el instinto, el golpe de genio, la voluntad loca, las características que hacen campeones a los campeones, los rasgos únicos que adoran los aficionados.

Froome es un intruso pese a que comparte con todos los ciclistas que han sido grandes (Anquetil, Merckx, Gimondi, Hinault, Contador y Nibali) entrar en la historia y en este selecto club de ganadores.

Sagan entra en la historia con su tercer Mundial consecutivo.

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El eslovaco hace historia al imponerse al sprint en Bergen. El local Kristoff ha sido plata y bronce el australiano Matthews.

El eslovaco Peter Sagan se ha proclamado campeón del mundo por tercera ocasión consecutiva, algo inédito en la historia del ciclismo en ruta, y de nuevo buscándose la vida en Bergen (Noruega) al imponerse al sprint al local Kristoff y el australiano Matthews.

La prueba, de forma inusual, llegó con un grandísimo pelotón en cabeza a los últimos 12 km y se decidió en una llegada de un grupo de 26 corredores.

La jornada, con una meteorología ideal, comenzó con la habitual fuga de ciclistas secundarios, que llegó a tener diez minutos de ventaja. República Checa llevó el peso de la persecución y luego fue Bélgica la que se esforzó para neutralizar.

Quedaban aún cuatro vueltas al circuito de 19 kms. donde la única dificultad era la subida al monte Ulriken, un repecho de 1,5 km. al 6% de desnivel hasta el cerro Salmon, aún a 10 de meta.

Ahí llegó la primera fuga de los hombres fuertes, con el italiano De Marchi, el español De la Cruz o el colombiano Pantano entre ellos. En el pelotón fue Francia la que asumió las riendas de la persecución del octeto destacado, mientras los últimos gregarios de Sagan se quedaban ya descolgados.

En la penúltima ascensión al monte, el holandés Dumoulin, ganador hacía cuatro días de la prueba contrarreloj, dio dos arreones que dejaron sentenciada esa fuga, pero que no fueron suficientes para seleccionar el pelotón, que llegaba al toque de campana con más de cien unidades, algo extraño a estas alturas de la carrera de fondo por excelencia de la temporada, pero revelador de la relativamente poca exigencia del recorrido.

Tras seis horas y media de esfuerzo, llegó el momento decisivo: el francés Alaphilippe, secundado por el italiano Moscon, consiguieron unos pocos segundos, insuficientes para que triunfara una escapada.

La volata la lanzó un Kristoff aupado por el numeroso público noruego y solo le sobrepasó Sagan, quien a duras penas consiguió aguantar el puesto en la línea de meta. Finalmente, conserva su maillot arcoíris y agranda un palmarés fabuloso a sus 27 años, en el que descatcan entre otros ocho triunfos de etapa y cinco clasificaciones por puntos en el Tour de Francia o un Tour de Flandes.

Se da la circunstancia de que además se ha proclamado campeón del mundo en tres continentes diferentes: Norteamérica en 2015 (Richmond, Virginia, EE.UU.); Asia en 2016 (Doha, Catar); y ahora Europa, y  como siempre ante selecciones mucho más potentes.

El eslovaco se une así al italiano Alfredo Binda, los belgas Rik van Steenbergen y Eddy Merckx y el español Oscar Freire con tres títulos como los mejores de todos los tiempos en la competición.

Tom Dumoulin Campeón del Mundo de Contrarreloj, dando una exhibición.

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Medalla de oro incontestable para Dumoulin y aviso para Froome. La medalla de plata se la ha ganado el esloveno Primoz Roglic y el bronce Froome.

Se citaban en los Mundiales de Bergen (Noruega) los dos ciclistas llamados a pelear por la victoria del próximo Tour de Francia y atención porque el holandés Tom Dumoulin se ha exhibido para ganar la medalla de oro y avisar a Chris Froome, de que el próximo año no le pondrá fácil repetir su inédito doblete Tour-Vuelta.

El ganador del Giro ha estado a punto de doblar al británico y se ha subido a lo más alto del podio gracias a su tiempo de 44 minutos y 41 segundos. La plata se la ha ganado el esloveno Primoz Roglic —el único de los cabeceros que cambió de bicicleta— (45’38») y el bronce ha sido para Froome (46’02»).

Se esperaba una jornada lluviosa pero el agua no apareció hasta que todos los favoritos estaban en carrera. La tregua desapareció y descargó cuando el pulso Froome-Dumoulin se estaba librando.

La circunstancia de los cambios de bicicleta antes de ascender el temido Monte Floyen, 3,5 km con una pendiente media del 9,1%, condicionó también la pelea.

El primero de los favoritos en cambiar de bici para conseguir el mejor tiempo fue el holandés Wilco Kelderman (46’15’’). Su tiempo lo rebajaría el portugués Nelson Oliveira (46’09’’) y eso que el corredor del Movistar realizó un cambio de bicicleta muy poco ortodoxo antes de afrontar el tramo final.

A punto estuvo de arrebatarle su puesto en la silla el bielorruso Vasil Kiryienka pero se mantuvo en ella por 23 centésimas. El que apeó al luso de la cabeza fue el eslovaco Primoz Roglic, que pulverizó el crono al rebajarlo en 30 segundos (45’38’’).

La primera víctima de la lluvia fue Rohan Dennis. El australiano venía pugnando por los mejores tiempos en los puntos intermedios pero se fue al suelo y se magulló la pierna derecha tirando así al traste sus opciones.

Chris Froome concluiría su actuación sin mejorar el tiempo de Roglic y con el increíble Tom Dumoulin pisándole los talones. La medalla de oro tenía su nombre ya grabado antes de que terminara Tony Martin por detrás (a 1’39»).

El holandés marcó territorio a partir del segundo punto cronometrado (14’22’’) y en el tercero ya ponía tierra de por medio al aventajar a su inmediato perseguidor, Tony Martin, en 32 segundos. En el siguiente, antes de la subida, su ventaja superaba ya los cuarenta segundos.

No cambió su herramienta, como tampoco lo hicieron Froome o Martin y finalmente en meta pararía el reloj en 44’41’’. Toda una exhibición para convertirse en el primer holandés de la historia que se enfunda el maillot arco iris de la CRI.